30 de mayo de 2010

Hasta hoy

Mario dice que siempre cuesta un poquito empezar a sentirse desgraciado, sin embargo no logro rechazar esa puta manía de mis días más oscuros. Tal vez sea hasta hoy, simplemente hasta hoy, como si mañana al despuntar el día podría ser otra mujer, sin recuerdos enredados en mi pelo, ni fracasos en mis pies.
Hasta hoy cree y recree el amor.
Hasta hoy creí que valía la pena apostar a ese bendito sentimiento que todo lo gobierna sin escrúpulos, sin pausas, sin medida. Ese sentimiento que nos pasa por arriba y nos devora desde adentro.
Hasta hoy me invente estrategias, tácticas, alternativas, vidas. Reinvente al amor en todas las versiones y capítulos posibles. Cambie el final de los cuentos, gaste mi sangre en cada hoja creyendo que de esa manera escribía una historia diferente.

Claro, hasta hoy fue siempre la misma ilusa.

Hasta hoy siempre aposte a la transformación radical, a inventarme una verdad sin más patas que la sinceridad y la nobleza de mi pulso interno.
Hasta hoy elegí enfrentarme al espejo, a mis rincones más siniestros, a mi otro yo.
Aun así, nunca falta ese otro que sopla todo el mazo de cartas en nuestra cara dejándonos solos en una esquina de escombros marchitos y sueños congelados.
Nunca falta esa persona del otro lado, participe de otra realidad, de otro cuento, con otros finales posibles que nunca son escritos de nuestro puño y letra. Esos finales que no advertimos, que no contamos, que nunca tuvimos en cuenta…por que soñamos más de lo que vivimos.

Hasta hoy mis pronósticos, si bien eran inestables, también eran claros. Siempre intente llenarlos de brillo, de esperanza y de calidez cotidiana. Incluso, cuando la realidad era la prueba más fehaciente del avance irrefrenable de las sombras y el aniquilamiento total.
Hasta hoy puse mi mayor esfuerzo en revisar todas y cada una de mis actitudes, en hacerme cargo de mis errores, de mis zonas más mugrosas.
Hasta hoy deje mi orgullo de lado, mil noches en velas, para ofrecer mi mano y mirar a los ojos, buscando una conexión más allá de las pobres palabras.
Hasta hoy me permití perdonar y aun más, pedir perdón cuando era necesario e incluso cuando no lo era, solo para que las cosas tomen otro contraste.
Hasta hoy intente tomar nuestra vida entre mis manos y responsabilizarme por el pronostico de una relación a la que aposte desde un principio, impulsada por una chispa que se había encendido en medio de una soledad implacable. Una chispa que tal vez, nunca existió, pero que yo bien supe inventar. Y lo más trágico de todo es que me convencí de que eso que brillaba entre el espacio que nos dividía, podía crecer hasta fusionarnos. Pero no pude, pero no pudiste, pero nunca pudimos.
Hasta hoy intente acercar tu sombra a mi sombra para que puedan iluminarse entre si y solo logre que aun se oscurezcan más.
Hasta hoy tuve en claro que no necesito que me sobre ni que me falte, simplemente que me alcance.
Hasta hoy luche e hice todo lo que pude hacer, di todo lo que tenia para dar y entregue hasta aquello que tal vez, no debería haber entregado. Mi cuento más soñado, mi sonrisa, mi libertad, mi humilde intención de amar. Pero nunca falta ese que anuncia un pronóstico gris, lleno de truenos e inundaciones. Siempre alguien del otro lado amenaza con envolvernos el corazón y abandonarlo en cualquier esquina a la intemperie de las sombras y la sombría incomunicación. Y entonces, como hoy, el miedo de apodera de nuestras entrañas, palpita rápido el corazón y los ojos se pierden entre recuerdos, complicidades y miles de manos que intentan sostenernos pero no lo logran. En estos momentos de caída libre, no cuesta prácticamente nada sentirse desgraciado. Sentirse inhumanamente solo aunque estemos rodeados. Caminar sobre el precipicio de la muerte, provocando alguna sensación que nos anuncie que estamos vivos y que valemos la pena, aunque ese otro nos de la espalda y nos haga sentir pequeños e inútiles, vacíos y desgraciados luego de haber entregado todo. Aunque ese otro se pierda en la neblina matinal para ya nunca volver y dormir en el cajón de los recuerdos bonitos, después de un tiempo.
Hasta hoy lo intente todo, pero hoy dejo de intentar escribir un cuento que se cerro para no volver a abrirse porque ninguno de los protagonista supo nunca donde se perdió esa llave que alguna vez soñamos poseer.

¿Cuántas veces es necesario caer para no volver a levantarse?
¿Cuántos fracasos puede soportar una mujer sobre sus tristes huesos?
¿Cuánto más se puede herir a alguien cuando se hace sin tener conciencia de ello?


N.P.S
30/05/10

1 comentario:

Christian dijo...

la llave, creo, estoy casi seguro, la tiene esa araña que teje en el vértice aquel y tímidamente con finos lazos grises nos redondea el techo, sabia arquitecta